domingo, 22 de marzo de 2015

Cómo detener la violencia en Venezuela. Enseñanzas de las favelas de Río de Janeiro.

Así que… Ahí estaba yo: En un galpón oscuro. Un niño presionaba mis costillas con una pistola. La adrenalina a millón, sudor frío, pupilas dilatadas, tratando de entender gritos en portugués de favela y pensando torpemente cómo se decía “Sólo dame el pequeño mono de peluche que está en el bolso”. ¿Qué cómo llegué a esa situación tan absurda? Bueno…



En el año 2013 fui a Río de Janeiro a trabajar en un proyecto cultural de Unicef de desarrollo social en una favela. En Brasil tienen las barriadas más grandes, antiguas y pobres de toda Iberoamérica. Recientemente, pasaron por un duro proceso de “pacificación” y le hacen creer a los medios y al mundo que la violencia ha disminuido increíblemente. Supuse que debido al crecimiento del Brasil y su experiencia en temas de favelas podría aprender algo para adaptarlo y trabajarlo en los barrios venezolanos. 

Fueron muchas las experiencias que viví, los contrastes. Era plena antesala del mundial de Fútbol 2014. El barrio en el que trabajaba estaba en la estación de metro siguiente al Maracaná. Esos niños jamás habían ido ni al Cristo Redentor, ni al Maracaná, ni a las playas. Era como un submundo. Ellos no sabían de carnavales vistosos ni de lujos de Copacabana.

El primer día me presenté junto a un voluntario inglés con la coordinadora del proyecto. Una mujer dura y respetada por todo el barrio. Dimos una vuelta. El código era simple “Ellos están conmigo trabajando para la comunidad. No los molesten”.

Ni el inglés ni yo hablábamos portugués. Pero con los niños es así, ellos entienden de amor y no de lenguas. Las jornadas eran fuertes. Un calor agobiante, caminar por callejuelas, escaleras estrechas y basureros para llegar a la cancha donde se sentaban grupetes de bandas de jóvenes –niños- fumando Crack, oyendo música a todo volumen y con una mirada entre curiosa, deseosa de venir a jugar con nosotros, y endurecida por tener que haber visto todo lo que habían visto. Casi todo en el lugar era hostil y violento. Gritos que venían de los ranchos, policía pacificadora con armamento militar, grafitis en contra del mundial, olor a heces, basura y crack. Miradas lascivas hacia niñas pubertas, niñas precoces que  descubren el sexo como herramienta para lograr sobrevivir, jóvenes en motos vistosas luciendo oro, pistolas y dinero. La envidia del lugar donde se nace sin nada. Morirán así, jóvenes. Eso dicen las estadísticas.

Pero entonces la magia se hacia presente y de repente todo valía la pena. Las risas de los niños al jugar, las miradas de amor, los abrazos en exceso y sin razón, los conmovedores testimonios de trabajadores sociales que fueron rescatados por voluntarios muchos años atrás y ahora le devuelven eso al mundo. Los niños que prefieren estar en la escuelita de Unicef que en las calles siendo vulnerables. Las madres que luchan por darle un futuro mejor al barrio, por enseñar métodos anticonceptivos y porque entiendan que son seres valiosos y que al menos una persona los ama y le importa. Un niño que ocupa sus manos con un instrumento musical, un libro o una pelota es un arma menos para el mundo. Eso dicen las estadísticas.

El ser humano necesita saber que existe y que su vida significa algo. Cuando un bebé no recibe afecto y es criado con violencia y hostilidad, es muy probable que al crecer encuentre esa satisfacción de sentirse significante a través de la violencia. Si tu me apuntas con un arma y mi vida depende de ti, pasaste de ser nadie a ser lo más importante para la supervivencia de la especie humana en cuestión de microsegundos. Tienes el poder. Satisfacción inmediata.

Así fue como unos felices y complacientes meses después en los que nadie me molestó trabajando en aquella favela, mientras estaba en la ciudad caminando hacia allá, un niño me vio raro. Como venezolana entrenada me cambié de acera pero a los pocos segundos lo tenía a mi lado y sentía el arma en mis costillas. Muy tranquilamente le iba a dar mi bolso que contenía plastilinas, acuarelas y una bandera. (El dinero como siempre iba escondido en mi ropa interior) pero él me empujó a un galpón abandonado y yo recordé que el bolso iba Joaquín, el mono de peluche de mi hermanita que nos acompaña a todos los viajes y entré en pánico. No podía perder a Joaquín y menos de ese modo. Mientras todo pasaba muy rápido o lento como suele suceder en momentos de alta adrenalina, entró a la escena un joven más alto que gritaba fuertemente. Yo no entendía nada. Tomó al niño por el cabello y comenzó a golpearlo mientras me gritaba que me fuera (o eso quise entender). Salí corriendo de allí. Tenía mi bolso, a Joaquín y yo estaba perfectamente bien. No sé qué fue lo que pasó. Sólo sé que el amor genera amor. Aún en las circunstancias más hostiles.


La situación en Venezuela también es grave. Según el Observatorio Venezolano de Violencia, en 2013 se cometieron casi 25mil muertes violentas. Está claro el mensaje de poder que están enviando nuestros jóvenes ¿Pero qué podemos hacer? La solución no es mágica ni fácil, pero está ahí y no depende solo de las políticas del gobierno (¡Que por supuesto que tienen que mejorar porque son un desastre!) pero la sociedad civil TAMBIEN puede hacer algo.

Estamos frente a un adversario poderoso pero somos muchos más. Se buscan personas que tomen acción. Se buscan personas que amen a Venezuela. Se buscan personas que donen tiempo, dinero o su influencia para una ONG que ayude en los barrios y detener el maldito circulo violento que nos tiene azotados.  Las calles están cada vez más solas porque tenemos miedo y nos replegamos en nuestras casas y al estar más solas se vuelven más inseguras aún y nos da mas miedo y círculo sigue sin fin. Dejemos el miedo y tomemos acción. Si estamos fuera del país donemos algo de dinero o de juguetes. Venezuela nos necesita.

Las políticas del Estado son necesarias para detener la violencia, pero que para que la paz sea SOSTENIBLE hay que trabajar lo local, lo pequeño, de menos a más, darle amor a cada niño, hacerlo saber que es amado y que al menos a una persona le importa.

Más amor por favor.


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